Una uruguaya en Helsinki.

Escribo el título y reflexiono sobre lo que voy a escribir.

El título es muy difícil de determinar…Tiene que englobar todo lo que contiene el post y además llamar la atención, servir de gancho para que la gente se sienta curiosa de leer este artículo. Pensar un buen título puede llegar a ser agotador.

A veces realmente hago un esfuerzo por lograrlo, pero normalmente renuncio a estas técnicas de marketing editorial y simplemente escribo lo que se me da la gana. La poca experiencia que tengo me dice que los posts que más éxito tienen son los que se escriben con el corazón.

Yo sabía que en Helsinki no iba a encontrar nada. Sabía que es una ciudad completamente ajena al turismo, que no representa un destino principal en Europa y que realmente no tiene demasiado que ofrecer. Por algún motivo desconocido me sentía hipnóticamente atraída a ella. Quería ir sí o sí. Quería poder sentir que había estado en Finlandia.

En FINLANDIA.

Yo.

Aún hoy mientras escribo y habiendo vuelto hace días me cuesta encontrarle el sentido al ‘yo+Finlandia’.

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Quienes me leen habitualmente saben que gran parte de mi wanderlust -o necesidad de viajar- está motivada por mis humildes orígenes, porque nunca pensé que yo de todas las personas podría algún día permitirme conocer tantos lugares diferentes. Detesto repetirme, pero me es imposible, ¿cómo sino voy a poder explicarles lo importante que puede ser para mi bajarme de un avión en el medio de la nada y pensar, saber con certeza, que todas las decisiones tomadas en mi vida, todas aquellas que pensé que podían ser erradas, me llevaron a ese momento? Todos los días que sufro extrañando mi país de repente tienen sentido. Todos los días que siento que no estoy en casa -y que nunca más me sentiré ‘en casa’- de repente están justificados, de alguna forma, mi destino si existe, era bajarme de ese avión en ese lugar, en ese momento. No hablo de un destino sin control dominado por algo externo a nosotros, hablo de la conjunción de decisiones y de hechos que nos llevan a un lugar y a un momento, y es liberador, porque quizás todas esas decisiones no estuvieron tan equivocadas.

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Como si de subirse y bajarse de aviones se tratara la vida, yo me subí un día a un avión grande que cruzó el océano, para bajarme y poder algún día subirme a este otro, chiquito y que me dejó en el medio de la nada… Hay aviones grandes que cruzan océanos y chiquitos que llegan a lugares lejanos de los que la gente no quiere saber.

Cómo me gustaría a mí saber de todos esos lugares.

Las predicciones eran correctas: Helsinki es aburrida, es plana, es gris, no hay nada ‘para hacer’… Pero si me preguntan si vale la pena ir, toda la vida contestaré que SI.

El motivo es simple. Para gente como yo, Helsinki es algo tan diferente en tantos aspectos que por más que no haya nada para hacer, por más que sientas que te pesa el alma al estar rodeado de tantos matices de gris, creo que es una experiencia indispensable. Seguro que yendo a la selva tropical me pican los mosquitos, me muero de calor, quizás no pueda dormir y el resultado final sea que la experiencia ha sido de lo peor que he vivido, pero no quiere decir que no valga la pena. No quiere decir que cuando mire atrás y recuerde el momento de estar ahí no me sienta infinitamente sorprendida por las vueltas que puede dar la vida.

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Helsinki es un tipo de ‘ciudad bola de nieve’ aunque cuando vayas no haya nieve. Es un tipo de ciudad que pensás que si agarrás un auto y manejás un rato hacia el norte te vas a encontrar con el mismísimo Papá Noel y todo su séquito de renos. Yo vengo de un lugar donde los anuncios de Coca Cola en Navidad visten a Papá Noel con camisas hawaiianas, es lo que tiene pasar navidad en verano, vengo de un lugar donde en Navidad, comemos chocolate y turrones siguiendo la tradición nórdica pero sudando la gota gorda…Imaginando un invierno en Escandinavia los turrones y el chocolate caliente tienen más sentido.

Los días en esta ciudad se pasan como en borrador, como esos días que te sentís de bajón y no sabés por qué. Pero eso es siempre. La gente es amable y alegre, pero no es lo mismo, es como si todo estuviera bajo un hechizo -quizás es el silencio?-. Me viene a la mente el hechizo de La Bella Durmiente, cuando se duerme todo el reino.

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Helsinki es silencio, calma y pesadez. No puedo evitar sino querer transmitir lo mismo escribiendo estos posts, así que me lo tomaré con calma. Me voy a comer un rollito de canela y luego si acaso sigo escribiendo.

 

 

 

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