Resaca draculesca en el tren fatídico hacia Budapest.

El tren más incómodo del mundo partía  por la mañana desde Viena rumbo a Budapest.

Por algún motivo que aún desconozco -sigo adjudicándolo a la suerte- conseguí encontrar la vía correcta y subirme al tren a tiempo.

Mi cabeza daba vueltas y las náuseas me invadían…No, no eran nervios, eran las zarpas de una inevitable e imperiosa resaca que se adentraba por todos los orificios de mi cabeza, rastrera, hasta apretar con sus garras todos los pedacitos de mi cerebro, escurriendo el poco líquido vital que le quedaba.

El plan original era tan lindo que debería haber sabido desde un comienzo que fallaría, si me lo preguntan hoy, luego de los sucesos de los últimos siete días -de los cuales escribiré más adelante- diría con certeza que nada de lo que planifico luego sale como espero.

No es necesariamente algo malo, es más, la mayoría de las veces el resultado obtenido a golpe de incertidumbres y cambios de rumbo es mejor que el planificado. Aunque ‘la mayoría’ de las veces no quiere decir todas. Repito: “La mayoría” de las veces, no-es-todas!

Luego de una noche inesperada en Viena en la cual terminé en una especie de fiesta underground (que en realidad era ‘over the ground‘, pero para mi el ambiente era underground), como un rave extraño donde había gente drogada de esa que baila sola en cámara lenta en el medio de una pista medio vacía con un dj tocando ritmos extraterrestres, tuve que volver a mi hostel, ducharme, arreglarme la cara desfigurada por la cerveza, hidratarme y de alguna forma trasladar este cuerpito serrano a la estación de tren de Viena.

Y créanme, trasladar este cuerpito serrano ya es una ardua tarea en condiciones normales. Soy como Usaín Bolt, si Usaín Bolt fuera paticorto y con la textura corporal de una beluga. No, esperen, entonces borren lo de Usaín Bolt…

Esos momentos se presentan en mi memoria como intervalos de vacío e imágenes absurdas. Lo cual es curioso, muchos de estos posts los escribo de memorias de viajes (el blog lo empecé luego de haber visitado muchas de las ciudades de las que hablo), y he comprobado que tengo una memoria impecable para el detalle. Aquí me pondría a debatir sobre los efectos del alcohol pero mejor lo dejo para otro post…Ah, el maravilloso porvenir de la creatividad, ahhh, el maravilloso efecto del alcohol en el arte…

Recuerdo por la mañana ducharme en el hostel y mirame al espejo. Ver en mi cara de oso panda cómo el delineador negro invadía mis ojos y cómo la parte supuestamente blanca de éstos era tan roja que hacía que mis ojos marrón-verdoso parecieran de un verde oliva intenso. Ví cómo se me marcaban más aún las marcas de expresión de la frente, deshidratación mortal. Recuerdo ponerme crema hidratante en un paupérrimo intento de recuperar lo irrecuperable. Recuerdo pensar en no olvidarme de nada en el hostel, especialmente el tanga que había colgado en la ducha… Pienso en encontrarme un tanga usado ajeno en la ducha y me dan escalofríos, así que no se lo deseo a nadie. Ahora reflexionando, pienso también en las estupideces en las que pienso y que seguramente nadie más debe pensar, como no olvidarme del tanga en la ducha cuando me estoy muriendo en vida.

Recuerdo el desayuno con cereales y leche entera, pan y zumo de fruta sintético que supo a gloria y la bajada caminando desde el hostel hasta la estación de metro más cercana llamada Hütteldorf, y recuerdo que la primera vez que ví el nombre de esa parada pensé en David Hasselhoff de Baywatch.

Éste es David Hasselhoff.

Para quienes no lo recuerden, éste es David Hasselhoff.

Del viaje en metro y la ubicación precisa de la estación de tren hay un blanco. Blank space. Vacío. Nada.

Recuerdo estar esperando el tren en la vía sentada en un coso de estos que son para evitar que la gente golpee los carritos de maletas contra las paredes, no sé cómo se llaman, que se separan unos centímetros del suelo, cilíndricos, metálicos. También recuerdo cómo mi culo enorme no cabía apenas ahí y cómo deseaba en ese momento tener una cama a mano. Uffff, cómo deseé tener una cama a mano y tiempo para recuperarme… Poner pausa en el viaje.

PAUSA! ESTOY HECHA MIERDA DE LA RESACA.

Es lo que pasa viajando, no vale la pena tener resacas porque luego se pierde tiempo. Se pierde el tiempo y el tiempo que se tiene no se disfruta. Tomo nota mental. Tiro nota mental a la mierda, siempre digo lo mismo y siempre termino haciendo las mismas estupideces. No sé cuándo voy a aprender que las resacas ‘veintelargueras’ ya no son ni serán jamás como las ‘dieciochoañeras’. Quizás lo aprenda a los treinta y algo cuando las resacas ‘treintañeras’ ya no sean como las ‘veintelargueras’ y así entro en un bucle infinito de estupidez y de cabezazos contra la pared.

De Viena a Budapest.

Creo que así se veía el tren.

Creo que así se veía el tren…CREO.

Este tren es parte del Interrail. Yo no estaba haciendo el Interrail pero lo sabia, y se notaba por la cantidad de gente joven y molesta que en él viajaba.

Allí estaba yo, como el Conde Drácula, rechazando la luz del sol y siseando a la gente que pasaba muy cerca: “JOVENESSSSS IRRESPETUOSOOOSSSSSS SSSSS, LUZ SOLAAAR AAAAARRRRR SSSSSSSS” O algo así, ya se lo imaginan.
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La ruta era Viena, Bratislava, Budapest. Y el plan original, como habrán deducido, era bajar en Bratislava.

Nunca bajé. Así que desde aquí le mando un humilde saludo a Slovakia, país que seguramente nunca más visitaré y al que le dediqué unas tristes miradas en mi paso resacoso a bordo de este fatídico tren, el tren más incómodo del mundo.

El viaje es de poco más de cuatro horas y los asientos NO son como en las fotos. Repito, los asientos NO son como en las fotos!

Seguramente el tren no está tan mal, calculo que en lugares como India o Vietnam los asientos serán más incómodos pero mi estado era tan catastrófico que decidí echarle la culpa a los asientos del tren y a ese caos de gente más que a mi descontrolado consumo de cervezas austríacas y a mi falta de sueño reparador.

Porque en ese tren y en esa ruta hay caos de gente: Mucha gente no tiene asiento numerado y viaja de pie, se empuja, grita, se ríe, disfruta del dulce elíxir de la juventud y de la dicha de vivir mientras yo deseaba hundirme en las profundidades del infierno para que la claridad que entraba por la ventana fuera sustituída por oscuridad y tinieblas y para que las risas de jóvenes estadounidenses rubios y coloradotes se convirtieran en lejanos y ahogados gritos de agonía.

‘TODOSSSS AL INFIERNOOOOOO!’ Era mi pensamiento recurrente.

Nada de esto evitó que llegara de forma exitosa a Budapest, reflexionando nuevamente en las vueltas de la vida y en cómo corrrrno había yo, con resaca draculesca, conseguido llegar de un país a otro en tren, sobre que esos países eran Austria y Hungría, y que hacía solo unos años atrás mi mayor aspiración era ir de paseo a la feria del Parque Rodó (mercadillo local de Montevideo, muy lindo por cierto) a comprarme camisetas de modal con los pocos pesos que podía juntar.

La historia de mi paso por Budapest es otra, y empezó ese mismo día. O se pensaban que la resaca me iba a detener??? Nono, ‘que nada te detenga’!!!

Nos vemos en el próximo post!

*Nota: Luego de escribir este post y revisarlo pensé que el Conde Drácula al día de hoy no es oficialmente húngaro y que quizás algunos de ustedes piensen que es una referencia equivocada.

El Conde Drácula, personaje creado por Bram Stoker, tenía su castillo en Transilvania, región que en el tiempo del libro pertenecía al territorio Húngaro. Hoy en día sin embargo, por cambios geopolíticos post guerra(s) Transilvania se encuentra en Rumania.

Aquí les dejo el link tanto al artículo de Drácula como el de Transilvania para que puedan saciar su curiosidad:

https://es.wikipedia.org/wiki/Transilvania

https://es.wikipedia.org/wiki/Dr%C3%A1cula

 

 

 

 

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