Llegar a Budapest y no perderse en el intento.

Cuando era chica Budapest se me antojaba como un destino exótico.

Exótico por no decir inalcanzable.

Años y años después terminé paseando por las calles solitarias de esta ciudad que aún al día de hoy me intriga y que reclama mi vuelta.

En mi post anterior hablaba de mi llegada a Budapest. Si querés, podés leerlo acá, y después volver a seguir leyendo éste.

Llegué en tren desde Viena, un tren cuyo recorrido pasa por Slovakia haciendo una parada en Bratislava, ciudad que debido a mi estado post alcohólico no llegué a ver.

vienna_budapest

Cortesía Google Maps Inc.

Por más que el viaje en tren fuera verdaderamente terrible, al llegar a la estación Keleti de Budapest me armé de valor y salí a afrontar la vida. En ese preciso momento “afrontar la vida” era más que nada sortear la marea de gente que caminaba a empujones y soportar el constante ruido del traqueteo de las rueditas de las maletas en el suelo. Sé que parece poco, pero supuso un gran, gran esfuerzo.

Tenía todo bajo control, suelo llevar una hoja con todo apuntado cuando viajo, y cuando digo todo es TODO en una sola hoja. Ni libretita ni cuadernito, UNA HOJA, esa hoja vale oro y cabe en cualquier bolso o bolsillo. Las indicaciones para la llegada a Budapest eran sencillas:

Salir de la estación. Tomarme el metro por una parada hasta ‘Blaha Lujza ter’, luego cambiarme al tranvía número 4 o al 6 en dirección ‘Moszkva ter’. Bajarme dos paradas luego en ‘Király utka’, justo después de ver el supermercado ‘Spar’. En la esquina, al número 60 estaba el hostel. En frente a la Melory Sport store y al lado de la tienda de alfombras con el cartel azul.

La estación de Keleti - Cortesía de Zátonyi Sándor - Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported license

La estación de Keleti – Cortesía de Zátonyi Sándor – Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported license

LES JURO que esas son las indicaciones exactas que figuran en la página web del hostel al que fui. No tuve problemas en llegar… Parecen complicadas pero son realmente muy precisas, aunque intuyo que a más de alguno le costará encontrarlo…

El hostel era una mierda pero a mi me gustó. Estaba en un apartamento viejo en un edificio viejo…Un edificio con un patio interior al que daban todos los apartmentos y el acceso a éstos era al aire libre, es decir, los pasillos del edificio daban todos al patio interior.

La habitación era enorme y tenía un balcón a la calle lleno de medias mojadas que alguien había lavado y puesto a secar.

Lo único que no me gustó fue el baño, pero la verdad que los he visto peores: Un baño de un apartamento antiguo en el que la única ducha estaba en una bañera sin cortina y el duchero no se podía enganchar a la pared. Como la gente es muy civilizada, siempre secaban el suelo luego de ducharse (haaaa!!!). A mi el tema de la higiene me importa, pero lo que más me importa, lo que más sufro en los baños de los hostels, en las camas de los hostels, en hoteles, en todo tipo de lugares es EL FRÍO. Así que ducharme en un baño enorme de un apartamento antiguo de techos altos sin cortina no fue precisamente algo que disfrutara vivir, aunque fuera verano, aunque hubieran 45º a la sombra… Tengo el metabolismo de una babosa así que paso frío en todos lados.

Lo gracioso es que al ser pequeña la sala común del hostel, y mi habitación estar como en otro apartamento aparte, el desayuno lo servían en la cocina comedor del apartamento, y si te levantabas temprano era como si hubieran llegado los Reyes Magos, toda la mesa con pan, mermeladas, jarras de leche, cereales, así…Como de la nada. “Quién trajo todo esto??? Los duendes del desayunoooo????”. Fue una novedad para mi, me gustó, no solo por la repentina aparición de comida, sino que porque me sentí por un ratito como si esa fuera mi casa y estuviera viviendo en Budapest.

Al llegar y hacer check in había un grupo de viajeros que se habían conocido allí, algunos mexicanos, otros de otras nacionalidades, y habían cocinado pasta con salsa de tomate, uno de ellos era italiano y como bien se sabe donde hay un italiano hay pasta con salsa de tomate.

Me invitaron, me convidaron, y me comí feliz un plato de pasta mientras en la tele daban un partido de tenis. Era una final de algo. Esa pasta era lo primero que comía en todo el día luego de ese maravilloso (ejem!) viaje en tren desde Viena hasta Budapest así que bien podría haber tenido gusto a mierda que para mi estaba deliciosa.

El chico italiano estaba recorriendo Europa en moto y entre mil anécdotas nos contó que había sido acogido en los campos de Rumania por un grupo de campesinos que lo dejaron pasar la noche en un cobertizo, como en las películas. De este lugar había traído una bolsa de supermercado llena de miel, miel con trozos de panal. Nunca había probado algo tan delicioso en mi vida, nunca había masticado un trozo de panal hasta succionar toda la miel. Miel de Rumania traída por un motoquero italiano. He aquí un conjunto de palabras que nunca pensé que diría.

Budapest estaba cruelmente calurosa, soleada y a mí se me antojó solitaria. Lo veo en mi mente todo muy blanquecino y brillante, y luego dorado…Como cuando en las películas tienen recuerdos de verano.

Más adelante caminé por la orilla del Danubio, encontré un pub-trailer que servía una caipirinha asquerosa, ví el parlamento, los puentes sobre el Danubio, el Castillo de Buda y un montón de cosas más que me guardo para el post que viene che! Si lo cuento todo ahora me quedo sin nada!!!

Nos vemos!

 

 

 

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